jueves, 22 de enero de 2009

Hacia los Andes

Puerto Montt es una ciudad comercial e industrial, orientada también hacia el sector de los servicios y el turismo, que en la década 1992-2002 duplicó su población. Elegimos ubicarnos mejor en Puerto Varas, a veinte quilómetros de allí, como Miguel y Stewart, nuestra orgásmica pareja de enamorados viajadores, nos habían recomendado. Puerto Varas es un enclave muy bello situado a orillas del lago Llanquihue (“lugar sumergido” en mapudungun, la lengua mapuche), que es espejo del volcán Osorno. La leyenda de Licarayen explica que las aguas del lago provienen de las nieves del volcán, las cuales cayeron allí incesantemente tras el sacrificio de la virgen más hermosa del lugar, cuyo corazón y una hoja de canelo fueron entregados para aplacar las iras del Osorno que, celoso del amor de la doncella con un joven de la comunidad, no dejó de castigar al pueblo con sus humos y su fuego y sus temblores de tierra. Ha sido un paraje elegido por colonias alemanas desde principios del XIX. Su mano se nota y para bien. Tanto en Puerto Natales como ahora en Puerto Varas, también en Puerto Edén, uno aprecia la disposición general del chileno hacia el colorido en las calles, las casas y los jardines. La mediana de las calles de esta pequeña ciudad, por ejemplo, la conforman terrarios repletos de rosas. El forjado de las farolas, el diseño de las cabinas, la fantasía en las papeleras… son detalles imaginativos y sensibles que salpican las arterias de las ciudades con un genuino gesto de humanidad. Sin embargo, en sus ropas, los chilenos son bien grises. La sensación general es la de que es un lugar muy apacible, qué bien.













Tras organizarnos y pasear un poco fuimos a alquilar un coche –el precio es el doble que alquilar uno en España- para toda una semana, ya que desde aquí pensábamos cruzar los Andes y visitar las regiones del Neuquén y Río Negro, en Argentina. Por ello habría que pagar algunas tasas extra pero, aun así, alquilar el coche seguía siendo más económico en Chile que en el país vecino y, además, no siempre tienen autos disponibles en Argentina –como era el caso- y hay que reservarlos con un mínimo de una semana de antelación. Cenamos en un restaurante polaco y nos sirvieron comida para diez, opíparo de más para nuestras sencillas pretensiones de conocer las adaptaciones culinarias del país. Todas las camareras estaban separadas de sus maridos y parecían reivindicar el valor de ser mujer y de ser libre como algo incompatible con estar cerca de un hombre chileno, finalmente aposentado en una complacencia sin sueños. Sin embargo, cuando hablaban de un “nuevo” hombre al que estaban conociendo, les temblaban las pupilas y sus latidos hacían temblar el mostrador. Me pareció, en este punto, que en Chile tenía mucho más que aprender, o soñar, el hombre de la mujer que la mujer del hombre, pese a que yo estoy convencido de que la mujer puede sentirse igualmente libre y realizada bien de la mano de un hombre. Creo que ser independiente es una falacia, pero ser uno mismo no.















Nuestro primer destino fue la Isla de Chiloé, donde en Quellón, en el extremo austral de la isla, al final de la ruta panamericana –antiguamente considerado también el final del mundo-, nos esperaba una amiga de juventud de la madre de Bárbara quien, por cosas del amor, terminó viviendo y ejerciendo su profesión en tierras chilenas. Ya el estrecho mar que separa la isla del continente nos deparó las primeras sorpresas agradables: vimos más fauna en los 9 km de recorrido del transbordador por el Canal Chacao que en las mil millas marinas del buque “turístico” por una docena de canales. Me quedé maravillado con el vuelo del pelícano: es un bicho mucho mayor de lo que hubiera imaginado. También me sorprendió la persecución en clave exhibicionista de los leones marinos: nunca los había visto nadar así, era como nadar mariposa pero sin brazos, y muy muy rápido. Ya en la otra orilla comenzamos a recorrer los pueblos más nombrados, aunque no fuimos a la pingüe pingüinera de Puñihuil. Se conoce esta isla por el sinfín de iglesias en ella construidas. Las hay sobre todo jesuitas, con una sola torre, y franciscanas, con dos. Son todas de madera, sobre todo de alerce o de ciprés, bien peculiares. El alerce es un árbol muy bueno para la construcción, y hay ejemplares que ya cuentan 4000 años. Estas construcciones han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y, algunas de ellas, con más de 300 años de vida, son los monumentos de madera más antiguos que se conocen y se mantienen en pie. También son muy conocidos en Castro, la ciudad principal, de 45000 habitantes, los palafitos: pequeñas casitas de madera de colores construidas sobre pilotes en la misma orilla del mar.































Fue en Ancud donde probamos el curanto, el plato más característico de Chiloé ligado, además, a la tradición de "la minga". Resulta que aquí, cuando un vecino quiere o precisa cambiar de lugar, ciertamente se desplaza pero, ejem, lo hace como los caracoles: con la casa a cuestas. ¡Aquí se cambia de ubicación pero no de casa! Para ello es necesaria la ayuda de toda la comunidad, muy buena voluntad y trabajo aunque, también, se precisa de una lancha y un buen número de yuntas de bueyes. Como agradecimiento, el señor de la casa prepara el curanto (en mapudungun, “pedregal”) para todos los vecinos. Es un plato que, originariamente, se cocina en un agujero en la arena en el que se depositan piedras y se llevan al fuego vivo. A partir de ahí, cinco o seis personas cocinan el milcao (patata oscura), el chapalele (la patata blanca) y los mariscos, que luego se acompañan con embutidos y verduras. Hoy en día se cocina también a la olla y recibe el nombre de pulmay. Es un plato abundante, en el que hay un poco de todo, otra vez, y a Bárbara no le gustan los mariscos, así que es doblemente abundante. Salí con el deseo de cargar una casa y acelerar un poco la digestión, aunque a falta de bueyes y pociones mágicas, meditaré sobre mis posibilidades.









Fuimos a buscar el Parque Nacional de Chiloé. Hay dos, aunque el primero no es “nacional”, es prácticamente impenetrable y no está explorado. Es conocido como Parque Tepuhueico. El tepual refiere al ecosistema particular que se genera alrededor del tepus, que es un árbol común en la zona. “Hue” es la raíz huilliche (los huilliches son los indígenas de Chiloé) que designa lugar, por eso hay tantos topónimos que incluyen esta raíz. Este Parque, hoy en día, es una propiedad privada. Tras un largo, estrecho y sinuoso sendero invadido por las sobredimensionadas nalcas (inmensas hojas ¡de varios metros de longitud, lo juro! que se usan para cubrir el curanto), uno llega finalmente a una extraña construcción de diseños redondeados, hecha con materiales reflectantes, a orillas de un lago que me devolvió la libertad que ese sendero sin posibilidad de marcha atrás me había quitado. El edificio funciona a modo de observatorio de aves, es un ecolodge. Hay más de ochenta especies distintas habitando en el lugar, y no todas se conocen. Estudiantes de todo el mundo pasan temporadas por aquí. Allí conocimos a Leo, el enraizado hombre sabio del lugar. Por sus ojos azul cielo revoloteaban, como dos puntos de un sueño, las ilusiones de quien sabe de la frugalidad de los instantes y del arraigo de los instintos. Todo en él era curtido: su frente, sus manos… pero sus ojos, sus ojos limpios, sus ojos claros, sus ojos aéreos, en ellos podría emprender el vuelo la enciclopedia más pesada, el corazón más desangelado, el mismo nacimiento. Le caímos muy bien: haría años que no se metía un particular por ese camino imposible. Nos explicó que para disimular las marcas que las nalcas habían dibujado en la pintura metalizada de nuestro coche recién alquilado deberíamos comprar cera. Había infinidad de líneas mate a lo largo de la carrocería, por ambos lados. Nos avisó que el efecto de la cera es perecedero. Jiji.




















Salimos de nuevo hacia la carretera y enfilamos hacia el Parque Nacional que no es propiedad privada, el que es Parque Nacional. Qué ancha es la carretera que llega hasta allí. Y el Parque Nacional es inmenso. Se pueden hacer en él excursiones de sesenta y setenta quilómetros. Recorrimos sólo las inmediaciones de la entrada y visitamos un pequeño museo, se nos estaba haciendo tarde. Sólo salir del Parque nos encontramos a Benny, un joven autoestopista preocupado porque ese día no pasaba el bus por allí. Tuvo mucha suerte, porque éramos los últimos en salir del Parque. Tuvimos mucha suerte, porque Benny, Benny el grande, trabajaba en el mismo Parque y anduvo todo el recorrido hablándonos de curiosidades. Estaba apasionado por el lenguaje, además, y su padre, a quien admiraba, era un reputado geólogo. De Cucao, el primer pueblo tras el Parque, nos dijo “mar de gaviotas”, y nos explicó el problema de la formación de dunas al lado del mar. De Huillinco, siguiente localidad destacable en el camino, nos dijo “lugar de nutrias”. De Dalcahue, “lugar de dalcas”, que son embarcaciones livianas, tipo piragua, que usaban los chonos, pueblos nómadas del sur de Chile, para navegar los canales patagónicos y que los conquistadores admiraron por su insuperable funcionalidad. De Chonchi, su destino, no nos dijo nada, y yo levanté la ceja extrañado, pero para mí está claro de quién es ese lugar… ¿eh, Chonchi? Vaya, lo habría acercado hasta el fin del mundo, o de la panamericana, pero él sólo quería ir a Chonchi y, de allí, a Castro, donde había un concierto esa noche. Hablando de huilliches, chonos y veliches (hoy en día no se distingue entre huilliche y veliche, pero no siempre fue así) nos despedimos. El paisaje en Chiloé es precioso, y variado. Yo conducía, y más tras escuchar a ese filtro de inquietudes de aspecto hippie, con la sensación que podría perderme con gusto por cualquiera de los caminos que salían de la carretera principal. El gran Benny nos había hablado de los cahuala, una comunidad escondida por uno de esos caminos que, desde hace ya más de veinte años, vive en su “espacio psicológico” criando a sus hijos en un entorno absolutamente natural y descivilizado. Nadie entiende mucho de qué va. Éste es un lugar diferente rebosante de naturaleza.





















Finalmente llegamos a Quellón, frente al aún ceniciento Volcán Corcovado, y vimos a Tere y a Hernán, que nos acogieron con papas rellenas, ponche melón (melón ahuecado al que se le añade vino blanco y azúcar), borgoña (vino tinto con fresas) y mucha conversación. Hablamos de los viajes, con sus fotografías y sus relatos, y de historias de amor, con sus recuerdos y sus planes, y de leyendas, con sus fantasías y sus verdades. Mencionamos El barco Caleuche, un buque fantasma cuya leyenda seguramente parte de la desaparición del barco holandés Calanche y que tiene muchas variantes, aunque casi todas ellas coinciden en explicar que no es bueno para el marinero encontrarse con él en el medio de la noche, pese a la música maravillosa que de él parte. Existen otras leyendas muy arraigadas a la tradición chilena. La del trauco, por ejemplo, un enano muy varonil y sensual, aunque es muy feo, que habita en los bosques cercanos a las casas chilotas y que, parece ser, ha embarazado ya a muchas jovencitas curiosas o desprevenidas. ¡Pobres... las pilló el trauco! La pincoya es una sirena de quien depende la abundancia de peces en Chiloé, y la añañuca una flor roja que se conoce también como “infeliz mujer”, debido a que su amado, el minero, prefirió ir en busca de la mina de sus sueños, de la que nunca volvió, a vivir el amor con ella. Existen bailes muy divertidos aquí y medio atrevidos, como la Trastrasera o la Mazamorra. Me da que el chileno es bastante cómico y fantasioso, de por sí, en general. Estuvimos muy a gusto en su casa, a todos nos habría gustado podernos quedar un día más, pero teníamos los días contados y el pasaje a Santiago comprado, de modo que, igualmente, nos fuimos a la mañana siguiente contentos por haber llegado hasta allí, haberles conocido y habernos sentido tan bien. No es mala idea volverse un día, me refiero a un tiempo, a Chiloé.












Enfilando la vuelta hacia el continente, hacia el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, paramos un momento al final de la ruta panamericana, donde hay colocado un sacho, el ancla chilota. Este lugar se consideraba, como también Ushuaia, el fin del mundo. Entre lagos, resiguiendo colinas, cruzando prados, rodeados por todos los colores y avistando fauna salvaje por doquier abandonamos Chiloé. Nos llaman de la agencia de alquiler: que confundieron unos números en el permiso que hay que entregar en la frontera y nos tienen que cambiar el coche por otro, con el que sí coinciden los números. Voy a comprar cera perecedera antinalcas. El Parque Nacional Vicente Pérez Rosales es una extensión protegida enorme. Visitamos los Saltos del río Petrohué (¿lugar de piedras, dos para Chonchi? ¡Benny! ¿Dónde estás?) y admiramos las esbeltas figuras y extrañas formas que el agua, erosionando la roca, había moldeado con redonda candidez. Es un lugar muy hermoso, siempre con el imponente Osorno al fondo y el río azul-Leo corriendo y saltando entre las grietas: no me extraña que, de allí, parta un sendero conocido como Paseo de los Enamorados. Mmm, claro, fuimos. Y descansamos al final del recorrido. Reenamorados enfilamos hacia el Lago de Todos los Santos, donde el volcán Puntiagudo, cuyo cuello inaccesible se alargaba hacia al cielo como en una plegaria entrañable y visceral, había espirado, ¡flops!, una luna madrugona y lejana, una aspiración nívea y flotante como mis pensamientos: bonito lugar, bello momento, qué hermosa mujer, qué lindo viaje, voy a encerar.





























Con el coche lustrado, impecable, 100% metalizado, nos acercamos al Osorno. Hay una carretera que ladea su falda y asciende hasta escasos centenares de metros de su cumbre, a la que sólo se puede acceder con un buen equipo y un guía, a causa de las numerosas e invisibles grietas cubiertas de nieve. A medida que el sol mojaba sus labios ardientes en el mar de poniente, la luna, en su celosa ley de contrarios, por oriente, acariciaba el rostro helado del volcán. Serpentear esa vertiente a caballo entre el día y la noche era como fundir la contradicción, como hallar un punto de encuentro de dos ciclos paralelos: tras este recodo, el mar purpúreo bajo un cielo anaranjado de pestañas rosadas y cabellos morados que, en un áureo guiño que era como un ígneo arrebato de locura desesperada de la belleza y del color, se despedía de ella, a quien había visto: “¡Ah, tú, que emerges blanca, coqueta y distinta tras el fuego callado del volcán!; tras esta curva, ella, que le veía, se acercaba, se mostraba, desnudaba sus sombras, revelaba sus formas y, señalándole con una mirada de puro magnetismo, arrastraba con ella todo un cielo nuevo y, estirando la púrpura y la marea, empezaba a decorarlo, con pequeños luceros: “¡Ah, tú, que deshaces tu fuego en este eterno mar!”. Llegamos al final de los recovecos fundidos en el mar, que destellaba en el cielo, en la nieve que ardía en la cumbre del volcán, en la luna reflejándose en el agua de ayer, en el viento que nos borra la cara y, en el alma, nos ve nacer.























Dormimos en el bosque, en plena fusión. Madrugamos para acercarnos a una cascada, a la que se accede río arriba. Es un lugar bonito, pero el éxtasis ya fue la noche anterior. Desayunamos y nos acercamos a la agencia de alquiler bordeando el lago Llanquihue. Todo me parecía bonito, estábamos contentos. Los campos cultivados, ordenados, variados, las granjas como alimento de comunión; los animales pastando, posando, jugando, el sol saciando lo vivo con devoción. Cuando llegamos a la agencia el polvo que levanta el ripio había desenmascarado las líneas mate de las nalcas en la carrocería. Ui. Efecto perecedero. Qué nervios. Finalmente no pasó nada. Buf. Cambio de coche y hacia Argentina. Pusimos rumbo norte hacia el Paso del Cardenal Samoré, que nos iba a acercar a Villa Angostura, nuestro centro de operaciones para recorrer la región de los 7 lagos. En el Puyehue, a escasos quilómetros de la frontera, se encuentran unas termas. Pensamos que era buena idea dar una impresión sanota a los gendarmes, de modo que nos espachurramos un rato en una piscina a cuarenta grados; ducha fría, ropita limpia y a cruzar los Andes. Ese tramo es espectacular, tanto antes de llegar a la aduana como después. Las inmensas colinas parece que se abalancen sobre el estrecho valle por el que serpentea la carretera por la que vas, único hilo de asfalto entre la verde y pasmosa inmensidad. La vegetación es abusiva, y colosal. Cuando te elevas un poco y alcanzas a tener una visión general es sobrecogedor. El aduanero era un chistoso, muy cachondo. Llenamos papeles como niños que intercambian “tenguis” por “faltis”: otra vez Argentina, como en casa, otra vez la luna, un ave que quiso cruzar, un pequeño prado nos reclama detenernos. Emprendemos la marcha, llegamos a la región de los lagos.





























Los Siete Lagos
Tenía muchas ganas de llegar a esta parte de Argentina. Conocida como la Suiza de Los Andes, es una zona montañosa salpicada de lagos y bosques donde, las montañas, acordonadas, abrazan el aire de la serenidad y lo reposan ahí, quieto. Cayó el asadito sólo llegar a Villa Angostura. Le echaba de menos. Dormimos en el coche que, por lo que costaba, venía a ser como un hotel de tres estrellas, así que sin quejas, como principitos. A la mañana siguiente nos levantó un pájaro carpintero haciendo sonar las horas sobre el cristal empañado: muy bucólico por ser un tres estrellas, sin quejas, como un principito encantado, de cuento. Organizamos la ruta de los siguientes días y enfilamos hacia el Cerro Bayo, desde donde la vista domina todo el lugar. Nos acercamos a la Cascada de Río Bonito: el río corre sobre una fractura en el terreno de rocas basálticas y termina en un salto de agua que cae sobre una hoya verde esmeralda. No teníamos cómo acceder a esa hoya, así que pusimos rumbo hacia la Laguna Verde, o Selva Triste, curiosos por descubrir el “Arrayán del Amor”, una especie de simbiosis arbórea cuyos protagonistas enamorados son un ciprés “abrazado” por un arrayán. Les pillamos in fraganti en medio del bosque, cuánto amor. También vimos coihués, palmerillas y el espino azul y, sobre todo, raíces enormes que se entrecruzaban y se alargaban sobre el suelo, como jugando a ser árbol, antes de enraizarse profundamente en la tierra. De allí nos fuimos hacia el istmo de Quetrihue (¡Benny!) y subimos hacia los miradores, desde donde se impone la panorámica del lago Nahuel Huapi con la espectacular Cordillera de los Andes, al fondo.














Nos fuimos hacia el Puente del Correntoso, sobre el río del mismo nombre, que une el lago homónimo con el inmenso Nahuel Huapi y que, con su recorrido de escasos 300 metros, es de los más cortos del planeta. A Bárbara le daba cierto miedo lanzarse desde un puente peatonal de madera construido en el otro extremo del río, el extremo que desemboca en el Lago Correntoso, así que observamos largo rato cómo disfrutaban niños y mayores haciéndolo. Abandonamos el lugar pero no la sensación que nos debiéramos haber tirado. De modo que volvimos, nos pusimos el bañador, tres, dos, uno y, juntos, dejamos el miedo sobre los tablones de madera. Esa noche cenamos pizza, Bárbara las adora. El mantel de papel venía con las indicaciones de cómo hacer un barco con papiroflexia. Bárbara tiene algunos problemas con la lectura y la concentración, o sea, con la atención, y nunca había conseguido hacer uno, pese a habérselo propuesto varias veces. La apreté un poquito, con serenidad de fondo, muy andino. Esa noche lo conseguimos, y después llegó el segundo, que quedó perfecto, y después llegó cierta autoestima emparentada con la felicidad. Qué bien, victoria sobre la madera y, sobre el papel, victoria.
















A la mañana siguiente volvió el repiqueteo de las siete en punto, sobre el cristal empañado. Mmm, principito. Comenzamos la Ruta de los 7 Lagos, o mejor dicho, fuimos a por todos los lagos, ya que, de hecho, son muchos más de siete los que uno encuentra en esta región. Empezamos por un circuito de unos 250 quilómetros que va uniendo los lagos Nahuel Huapi, Correntoso, Espejo, Espejo Chico y Traful en el recorrido que pasa por Confluencia, atraviesa el Valle Encantado y llega a San Carlos de Bariloche, al sur de Villa Angostura. Hacia el norte, en un tramo de otros 110 quilómetros, hay otra ruta, la conocida propiamente como Camino de los 7 Lagos, que deja a su paso los Lagos Nahuel Huapi, Correntoso, Espejo, Escondido, Falkner, Hermoso, Machónico y Lacar -éste último baña ya las orillas de San Martin de los Andes-. Este segundo tramo lo dejamos para el siguiente día, y no me preguntéis porqué se llama Siete Lagos si hay ocho: ¡Benny! Estábamos contentos de poder disponer de vehículo propio y poder organizar el día a nuestro ritmo, conduciendo y cantando canciones, disfrutando del sol y del paisaje, parando un poco aquí, fijándonos un poco en aquello de allá. Daba gusto viajar así.
























San Carlos de Bariloche (buriloches son los indígenas del lugar) es la ciudad principal de la Provincia de Río Negro. Se halla muy cerca de la divisoria con la provincia del Neuquén, a la que pertenece el resto del recorrido. Debido a su ubicación estratégica, a orillas del lago Nahuel Huapi y a los pies de los Andes, ha sido un lugar elegido por muchos y que ha sufrido un crecimiento, en algún momento de su reciente historia, descontrolado. Fuimos hasta la Península del Llao Llao y recorrimos el Circuito Chico sin mucho sobresalto emocional. Era el cumpleaños de Chu, gran amigo en Barcelona, y le llamé. Estaba toda la peña reunida en su casa. Acababan de visionar el video que Torux, otro grande, había editado a propósito de su anterior cumpleaños: los 30 años de Chu. Para ese día le organizamos un itinerario por todos los bares y rincones secretos que habíamos frecuentado durante la peleona década de los ’20. En cada lugar le esperaban amigos con un regalo y una adivinanza que le iba a llevar al siguiente destino. Fue una noche muy larga, y una fiesta increíble e inolvidable que Torux grabó y editó para la posteridad. Yo le llevaba en la moto esa noche –para que él pudiera grabar-, así que salía en muchas imágenes y la peña había estado preguntándose “y por dónde andará ahora”, “y cómo le irá todo”. Pude hablar con todos ellos, estaban reemocionados, incluso Damien, un australiano que jugó un año con nosotros y que vino a España esos días. La peña, qué grande. Volvimos hacia Villa Angostura por una carretera preciosa que bordea el Nahuel Huapi. El sol languidecía tras la orilla opuesta y Bárbara y yo repetíamos emocionados las canciones que sonaban en el radiocasete. El atardecer con su sinfonía, de colores, nuestro baile danzando, con sus nubes; sonrisas al aire, nuestro, que no lleguemos nunca.













Tanto es así que pasamos el pueblo de largo y llegamos a un camping más al norte. Compartimos hoguera con otros viajantes y, para dormir y aprender catalán, todo en uno, le puse a Bárbara un cd de yoga que había editado mi tía. Para el catalán no sé, pero para dormir divino. Al día siguiente ni vino el pájaro carpintero de las siete, le esperé un rato. Así que empezamos a subir y llegamos al Lago Hermoso. Qué hermoso. Pues nada, a nadar. Pagamos la entrada a dos chifladetes muy simpáticos y nos fuimos a bañar. Qué agua, qué paz, qué sol, qué mosquitos: vamos al río. El río fue una gozada. La erosión en las rocas había construido naturalmente pequeñas piscinas en las que uno se podía tumbar fresquito sin que el agua le llegara a cubrir la nariz. Creo que dormí una hora en esa posición. Había una pequeña cascada que caía sobre un pozo más profundo y la juventud aprovechaba para lanzarse de todas las maneras. Qué relajación, qué bien se está. Cuando fuimos hacia el coche conocimos a dos señoras mayores a quienes les gustaba mucho hablar. Al final nos invitaron a comer pastel de verduras y todo, y estaba riquísimo. Cuando ya creíamos que nos íbamos nos cruzamos con los chifladetes en la entrada. Qué pareja, dios. Bueno, una hora y mil piropos más tarde seguimos con la ruta. En San Martín, un pueblo muy bonito, paseamos un poco y comimos otro mucho, y pusimos ruta hacia el Parque Nacional Lanín, desde donde cruzaríamos de nuevo frontera para volver a Chile.


























El Parque Nacional Lanín
El volcán Lanín es sobrecogedor. Su poderosa presencia, cónica como una invocación devocional, una ofrenda sacra, un sepulcro antiguo, eclipsa todo el paisaje a su alrededor. Los volcanes tienen un efecto claro sobre mí: me magnetizan, no puedo dejar de mirarlos, y no sé bien bien porqué. Ya desde Junín de los Andes su estética solemne sobre el firmamento es todopoderosa, y es que 3776 metros de vitalísima ascensión macabra le hablan a uno ya desde lejos. Una vez se toma la ruta 61, que sigue el curso del río Chimehuín, el volcán, como el norte magnético en una brújula, te viene siempre de frente, como un rumbo, hasta la entrada al Parque Nacional. Tuvo algo de místico ese acercamiento, de inevitable. Llegamos con el atardecer, de modo que no nos hizo falta pagar la entrada, y seguimos la misma ruta de ripio, costeando esta vez el inmenso Lago Huechulafquen (Lugar de... lagos… ¿de mi amigo Chu?). Durante varios quilómetros de bosques frondosos, y con el lago a un lado y el cerro Chivo al otro, uno pierde la visión del volcán, el cual vuelve a ser visible a la altura de Raquitihué (no tenemos a Benny, pero es muy fácil: lugar de los Rakituwe). Este es un territorio donde todavía perviven comunidades indígenas. En el mismo Parque viven los Bafkence y los Rakituwe, y dentro de sus territorios, siempre a orillas de los lagos, conviven comunidades mapuches. Nosotros condujimos hasta un camping en el Lago Paimún, zona bafkence y donde hay un asentamiento mapuche, muy cerca ya de la frontera.























Esa noche era luna llena. Pusimos el cd de mi tía pero ni así: flotaba algo vivo y parlante en la noche. Sentí un leve temblor de tierra, fue leve en intensidad pero se alargó casi diez segundos, suficiente como para sentir el poder y, a su vez, el deseo de no sentirlo mucho más. Fue nuevo para mí sentir ese rugido terrestre vibrando bajo mis pies. Sentía el don de lo primigenio a flor de piel. Desperté a Bárbara y nos fuimos al medio del campo, a ver la luna, las estrellas, el volcán, a sentir la tierra y sus fuerzas telúricas. No sé, la sensación que se había ido apoderando de mí era la de sentir la naturaleza como algo poderoso que te arropa, que te incluye. El distraído trinar de los pájaros acompasaba el silencio profundo de la noche. Mi imaginación se trasladaba a tiempos antiguos, a ritos, a viejas comuniones. Esa segunda vez mi tía lo consiguió. Cuando nos levantamos al día siguiente sentí una necesidad insoslayable de bañarme en el Huechulafquen. Era muy pronto, así que os podéis imaginar, pero es que hasta el agua helada te puede arropar, y hacerte sentir muy vivo, y deslizarte un velo que retenía en tus poros algo que no se descubría de ti. Me encanta este lugar, tiene una energía que te atrapa por los pies.



Ya fuera del Parque pusimos dirección Aluminé y, antes de llegar, tomamos la ruta 60 hacia el Paso Mamuil Malal. El paisaje era, no lo sé, me atrapaba. Seguía sintiendo lo mismo: poder humano y poder telúrico hablándose sin divisorias. Es más, me imaginaba esa rica tierra poderosa sin la divisoria del asfalto. Me imaginaba esa tierra antes, más libre, con jinetes cabalgando esos mismos valles, parando a beber en el río Malleo, adentrándose hacia las montañas, mirando lejos. Sentí la libertad como algo principal, pero imaginaba una libertad que ya había sido robada, que ya no existía. Nos desviamos de la carretera para acercarnos a una comunidad mapuche. Viven todavía de un modo tradicional, y conservan muchas maneras antiguas, pero también manejan autos y ven televisión. Cuando llegamos al pueblo sólo se preocuparon de si queríamos comprar, textiles sobre todo. Intenté ir entablando conversación, soy muy natural en eso, y generoso, pero en este caso no funcionó. “Entonces, ¿no van a comprar?”. Bueno, tampoco disponía de un par de meses para adentrarme un poco en sus costumbres, así que nos volvimos a la ruta principal. Para llegar al Paso, a los mismos pies del volcán Lanín, hay que cruzar el Bosque de Pehuen, reserva que, junto con otro bosque que se encuentra en el mismo Parque Nacional, son las únicas de la Araucaria Araucana, un árbol muy peculiar nativo de la Patagonia.













Ya en el paso fronterizo nos encontramos algo de cola. Decidí ir a comprar alguna cosa para llevar al estómago en una pequeña barraca a un centenar de metros. Los dependientes eran Lázaro y Rogelio, padre e hijo, mapuches. No sé si porque estaba comprando o porque tenían otro talante, pero tuvimos una conversación que todavía carcajea. Hablamos mucho: eran dos figuras muy alegres. Comentaban que la comunidad estaba creciendo pero que el gobierno no les daba más tierras, por lo que estaban empezando a tener problemas. La barraca era muy sencilla, disponía a penas de seis o siete productos diferentes. Me encantó el modo como llevaban la contabilidad: dos chocolatinas, cuatro pesos, dulce de leche, dos pesos, galletas, tres pesos. En la caja hay nueve pesos más, y faltan dos de éstas, una de aquéllas y otra de aquí. Infalible. Me despedí de ellos feliz. Ellos también lo estaban. El gendarme era culé, adoraba a Messi y el Barça le llevaba como doce puntos de ventaja al Madrid: eso no fue un trámite, fue un paseo festivo. Ya habíamos salido de Argentina y no sabía cómo seguir mirando el volcán y conduciendo. A veces pedía a Bárbara que cogiera el volante y yo le sacaba una foto, pero no le gustaban esos momentos. La carretera de ripio desciende los 1200 metros de altitud del Paso en un recorrido empinado y serpenteante a través de un tupido bosque. Después se allana el terreno y te encuentras ante una verdadera autopista de ripio. Sin embargo, no conviene correr. Tras varias horas llegamos a Trancura, frente al volcán Villarrica: pensamos que, ya que habíamos cambiado de país, podríamos ir a ponernos guapitos y sanotes a unas termas.













Las Termas de Trancura son muy completas. Tienes tanto piscinas interiores como exteriores y de varias temperaturas. También disponen de baños de barro, naturales y terapéuticos. Sí, sí, el barro se forma en el mismo subsuelo y va aflorando. Huele que alimenta, y la sensación es tanto viscosa como áspera, extraña, sobre todo la forma envolvente y ergonómica con la que te vas hundiendo por los pies. Se está caliente allí sumergido, y las caras de la gente que te mira son un poema a la incredulidad. Finalmente nos duchamos y entramos a la zona de piscinas. Hay unas bañeras ideales para dos, más elevadas que el resto, muy íntimas, qué relax tan excitante. De allí fuimos a la piscina más concurrida, la que emanaba el agua más caliente. Había gente de todas las edades, y nos hicimos amigos de una cuadrilla de amigas, primas y hermanas que tenían curiosidad por todas las cosas del mundo. Bárbara tenía curiosidad por explicarles todas las cosas del mundo, y sonríe mucho, y es muy dulce. Finalmente volvimos al barro, con ellas, Valentina, Aline, Francisca… fue muy divertido. Tras una ducha caliente, mucho jabón, ropa limpita, comida-cena “dos menús” y un buen vinito, pusimos rumbo a Valdivia.













Valdivia es una ciudad costera famosa por su marisco. A Bárbara no le llama el marisco. Yo tuve mala suerte. Fuimos hasta Niebla y enganché a un dueño, medio apurado por el negocio, que en algún triste lugar de mi semblante escudriñó una oportunidad. No sólo pagué lo que nunca hubiera pagado sino que, además, estuve varios días intoxicado. Putos choclos, o locos, qué más da. Pero tuvimos la suerte de conocer a Juan y a Rosa, una pareja ya mayor, encantadores, enamorados, elegantes, risueños. Poetas. Juan fue capaz de recitar de memoria durante cinco minutos sin apenas dejar tiempo para tomar aire. Lo que tomamos fueron unos chupitos, y nos reímos mucho, y hablamos de la vida feliz. Sí que nos fuimos con la sensación de haber sido víctimas de un abuso en toda regla, pero nos despedimos mirándonos a los ojos mientras nos alejábamos gritando cada vez más alto: “Buen viaje”, “Escriban”, “Qué gusto conocerles, quiéranse siempre”. Ya al día siguiente volvíamos a Puerto Varas, a devolver el coche. El pasaje estaba reservado para esa misma tarde, hacia Santiago, directos.